1.12.06

Los crímenes de la industria farmacéutica III

Continuamos hablando de los crímenes de la industria farmacéutica. Para hacerlo de un modo fácilmente comprensible y no perdernos en un océano de cifras -siempre tan frías- daré el siguiente ejemplo a fin de que el lector se haga una idea: En España somos algo más de 40 millones de habitantes, incluidos tú y los tuyos. Pues bien, sólo en África hay esa misma cifra de enfermos de SIDA.

Cuando acercamos el problema a nuestras vidas, lo que sólo son números comienza a tener otro aspecto. No hablamos del vecino, no, estamos hablando de ti, de tu vida, de tu muerte, de la mía... Afortunadamente, en los países del Primer Mundo la enfermedad ha dejado de ser tan radical y se ha convertido en un problema crónico. Nosotros tenemos al alcance de nuestra salud la farmacología que necesitamos.

DIFERENCIA ENTRE DOS MUNDOS

En el Primer Mundo el tratamiento tiene un costo de 1.500 dólares anuales y los sistemas sanitarios lo cubren. En este Primer Mundo, la enfermedad tiene todo lo terrible pero también, la esperanza más que fundada de que sus efectos se limiten a la obligatoriedad de mantener una medicación constante, es decir, seremos dependientes de unos fármacos pero hasta ahí.

Pero, ¿qué ocurre en el Tercer Mundo? En el tercer mundo, países como India, tomaron los fármacos desarrollados por las grandes multinacionales de la salud, los desmenuzaron y se pusieron a fabricarlos consiguiendo que ese tratamiento originariamente tan costoso, imposible de asumir por determinados países, pasara de costar 1500 dólares a sólo 150. Esto elevó las esperanzas de vida en un porcentaje casi insignificante -Teresa Forcada, una religiosa volcada en esta lucha en el Tercer Mundo nos habla de un uno por ciento- , pero lo importante es que algunos podrían salvarse.

MUCHAS BAJAS

Sigamos con el ejemplo, aplicándolo al ámbito de tu hogar, a tu familia. Esto quiere decir que tal vez tú podrías tomar los retrovirales genéricos. Pero no el resto, quiero decir, en tu propia casa, tal vez sólo uno de los miembros se salvaría...

Pero hay algo más, es evidente que si el colectivo está enfermo, ¿quién produce alimentos? Esto es un añadido al problema, puesto que no sólo padeces una enfermedad sino las consecuencias, que tienen en un efecto colateral: el empobrecimiento del colectivo, la imposibilidad de desarrollo...

LA ESPERANZA GENÉRICA

Pero brilló un rayo de esperanza. Los genéricos ponían una expectativa de vida en un mínima parte de los enfermos. Era el comienzo, algo de luz en este drama, claro que, la alegría dura poco en casa del pobre…

Según la legislación vigente a partir de 1970, la industria farmacéutica india podía fabricar genéricos que paliaran el abuso de las grandes corporaciones farmacéuticas no solo para el consumo interno, sino para exportarlos, dando así, esperanzas a otros colectivos del tercer mundo. Y como no tenían que subordinarse a las patentes que les obligaban a fabricar cada medicamento por separado, los laboratorios indios pudieron abaratar el coste, haciendo que fueran aún más asequibles a las débiles economías de los países en desarrollo. De manera que con los genéricos retrovirales 350.000 personas podían convertir su enfermedad mortal en crónica, con todo lo que ello comportaba.

Todo cambió radicalmente en 1994 a raíz de un acuerdo de la OMC, “Le Monde Diplomatique” publicó un artículo en el año 2005 titulado “Patentes que matan” en el que habla de ello, aquí se reproduce un fragmento del mismo:

“En 1994 la Organización Mundial del Comercio (OMC) legisló sobre la obligatoriedad de las patentes, el acuerdo recibió el nombre de “Acuerdo sobre los Derechos de la Propiedad Intelectual vinculadas al Comercio”.

Algunas de las cláusulas mas abusivas del ADPIC son: obligación por parte del laboratorio que desee producir genéricos de un medicamento patentado de comprar al propietario, no solo el derecho de patente de aquel medicamento sino también de otros productos que este quiera imponerle ( ventas vinculadas) derecho del propietario de la patente a determinar la forma bajo la que el laboratorio comprador tiene que producir su producto genérico; obligación del comprador a informar al propietario de la patente de todas las mejoras realizadas en el producto; limitación o prohibición de las exportaciones.

En el año 2001, la Declaración de Doha (Qatar) modificó gracias a fuertes movilizaciones internacionales este escandaloso acuerdo de la OMC de 1994, aunque no de modo sustancial. De manera que, muy a su pesar, el gobierno indio se vio obligado a prohibir la fabricación de genéricos a partir del segundo trimestre del año 2005.

“Blanco, en botella, lo dan las vacas… ¡leche!” ¿La bolsa o la vida? Ese es el dilema al que somete la OMC al gobierno indio.

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