25.11.06

Los crímenes de la industria farmaceútica II

En su estudio, Teresa Forcada comienza por contarnos algo perturbador, algo que solo nos podríamos imaginar como el guión de una película del “ido de la pelota” de Pedro Almodóvar.

En 1998, apareció un medicamento llamado “Viagra” que, aún siendo dedicado a otro menester en su aplicación clínica, dio un resultado inesperado: resolvía un buen número de disfunciones sexuales en los varones. En el año 2001 ya se habían beneficiado de sus propiedades 17 millones de hombres, convirtiendo ese fármaco en lo que en la industria llama “blockbuster” término que se emplea cuando una fórmula da como resultado unas ventas de más de 1.000 millones de dólares anuales.

En 1997 -meses antes de la aparición de la famosa pastilla azul-, los directivos de los laboratorios intuyen el éxito, saben que la disfunción masculina es una plaga silenciosa que les proporcionará clientes en todos los rincones del mundo pero ¿cómo conseguir que ese problema lo padezcan las mujeres?

El negocio a los laboratorios Pfizer le era goloso, tan goloso que los cerebros podridos comenzaron a pensar en...

Tal vez en un lugar paradisíaco -seguramente mamando como locos-, unos cuantos hombres y mujeres, afectados por el “síndrome del Tio Gilito” estudian cómo y cuándo crear una necesidad que no existe pero que a ellos, les hará más ricos y a nosotros más dependientes. Es la fundación de una escuela para la drogadicción.

Los directivos se encuentran con el primer problema, en el caso masculino el tema es sencillo, evidente, la disfunción eréctil es algo “palpable”, pero en el caso de las mujeres eso es más complicado. Claro que, si descubrieron el modo de vaciar los bolsillos de los hombres nada les detendrá en hacer lo propio en el caso de las señoras.

Un año y medio después, en 1998, se celebró el primer encuentro internacional para la elaboración de un consenso clínico sobre la disfunción femenina. Tras esta reunión, 18 de los 19 “autores” de la definición admitieron tener intereses económicos en las 8 compañías u otras que habían financiado el “trabajo”.

Un año más tarde, en 1999, apareció un aríiculo en la revista JAMA titulado “Disfunción sexual en EEUU: prevalencia y variables predictivas”, en el que se afirmaba, supuestamente con objetividad científica, que un 43% de la población femenina de EEUU “sufría la nueva enfermedad” definida según los intereses de la industria farmacéutica. Los pasos seguidos para identificar a la población enferma” fueron los siguientes:

1); Se elaboró una lista de 7 “problemas” considerados cada uno de ellos de suficiente peso como para justificar el diagnóstico de la nueva enfermedad si una mujer los había presentado dos meses o más en el último año; 2) se pasó el cuestionario a una muestra de 1.500 mujeres; 3) se evaluaron los resultados de forma que responder “Si” a uno solo de los ítems se consideró criterio suficiente para identificar la enfermedad. Uno de los 7 ítems era la ausencia de deseo sexual. Es decir, que las mujeres que respondieron que no habían tenido deseo sexual durante dos meses o mas durante el último año, automáticamente – independientemente de si estaban de luto por la muerte de un ser querido, preocupadas por falta o por exceso de trabajo, atrapadas en una relación insatisfactoria o gozando de una etapa de plenitud interior- quedaron etiquetadas de “disfuncionales” y pasaron a engrosar el porcentaje de candidatas potenciales para el tratamiento que la industria farmacéutica confiaba poder desarrollar en breve. Dos de los tres autores del citado artículo tenían vínculos económicos con laboratorios farmacéuticos.

Pero no se trató solamente de un estudio, esto continuó, y en los meses siguientes se celebraron más reuniones, alumbrando un engendro con el nombre de “Forum para la Función Sexual Femenina”. Este Forum financiado por la industria farmacéutica y liderado por Pfizer celebró dos conferencias más. Sus resultados fueron denunciados en la prensa especializada y respondidos por los profesionales de la salud, haciendo constar su indignación ante semejantes “resultados” y se llegó a una de las primeras conclusiones: “Si los médicos no colaborásemos con los abusos de las compañías farmacéuticas estos no acontecerían”.

Afortunadamente y, como cuenta Teresa, la agencia reguladora de los medicamentos en EEUU impidió la comercialización de unos dudosos parches de testosterona de los laboratorios Procter & Gamble, destinados a “curar la disfunción sexual femenina. Estos laboratorios habían presentado un estudio sesgado, obviando sus efectos secundarios: más que probable resultado de cáncer de mama y enfermedades cardíacas. Los parches se anunciaban como un producto de beneficios -claro, los del laboratorio- y riesgos mínimos... claro, como los que se iban a joder no eran ellos…

La trama del orgasmo, la trama del Tio Gilito sigue, aún no se comercializa producto alguno para la “supuesta” disfunción femenina, pero tranquilos, aquí no hay más ley que la del dinero.

Mejor no pensamos, ¿para qué? Pensar produce cáncer, y no precisamente a los laboratorios.

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