1.12.06

Farmacéuticas y Zapatero, un matrimonio evidente

Cuando hablamos del SIDA, lo hacemos refiriéndonos a algo que parece ocurrir lejos de nuestras fronteras, que no nos atañe y, acto seguido, pensamos que si tal castigo les cayó a estas gentes seguro que será porque algo habrán hecho… ¿de qué si no, Dios habría de enviarles a esos negros de mierda semejante enfermedad? Decimos para nuestros adentros: “En el fondo, ¿a mí qué me importa?, si enfermo puedo acudir a un ambulatorio de la seguridad social -otra cosa es, que con un poco de mala suerte nos encontremos con que ese día están en huelga-, así pues, ¿para qué preocuparme de otros a quien ni tan siquiera conozco?”

Pensándolo bien, tal vez esto por lo que me exclamo sea fruto nuevamente de mis locas ocurrencias. Sí, posiblemente, debo tener algo en mi cabeza que no funciona o eso que algún “psicoloco” etiquetaría como “enajenación adaptativa”. Así que he decidido que, como debo estar enfermo, acudiré mañana a no más tardar al médico, quien seguro me recetará un par de fármacos caros, de esos que le hacen sentirse a uno como encima de una nube y que me convertirán de golpe en una persona cabal, en alguien que piense que lo que ocurre en África, Asia y América Latina es sólo la consecuencia de sus vicios y malas costumbres y, lo que es mejor, ya no pensaré más en esos críos sucios, llenos de mocos, con cara de alelados, los borraré de mi recuerdo, de mi cabeza, y pensaré en los bebés rollizos de mi barrio y en que el mundo es un campo verde lleno de rojas amapolas.

Estoy feliz porque el cóctel de fármacos que me recetarán, obrará milagros sobre mi maltrecho cerebro, ya no pensaré que negociar con ETA es malo, pensaré que el armisticio no sólo es deseable, sino imprescindible y que, si para llevarlo a cabo debemos entender a la “Kale Borroka”, y que además, después de todo, los niños que gritan en las calles de Euskadi lo hacen únicamente guiados por la provocación de los malditos policías ¡y qué decir de los jueces! Bueno… imagínense qué cosa, ¡los magistrados los miran mal, los condenan! ¡Inaudito! También estaré de acuerdo con lo que dice Nietzsche: “¿Qué es bueno? Todo lo que acrecienta en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es malo? Todo lo que proviene de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? La conciencia de que se acrecienta el poder, que queda superada una resistencia. No contento, si no aumento el poder; no paz, sino guerra; no virtud, sino aptitud (virtud al estilo renacentista,” virtú”, virtud carente de moralina). Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer. ¿Qué es más perjudicial que cualquier vicio? La compasión activa con todos los débiles y malogrados; el cristianismo…”

¡Pero claro, joder! -diré para mis adentros- Nietzsche tenía toda la razón, por eso debemos entender lo que hacen las farmacéuticas, lo que hace Zapatero. La compasión por los niños que mueren como moscas, la compasión por las víctimas de los agujeros negros es pura debilidad, puro despilfarro…

Háganme caso, tómense un par de esas pastillitas milagrosas y hagamos algo práctico, salgamos a las calles a gritar en favor del proceso de paz, salgamos a las calles a vitorear a las farmacéuticas, los unos -los Txapote de turno- son héroes, luchadores por la libertad, las otras son caritativas puesto que sólo quieren ayudar a que perezcan los débiles y malogrados.

Pero mejor no pienso, eso da cansancio y, lo que es peor, produce cáncer.

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